26 may. 2010

Infiltrados en el albergue Erasmus

Para ella ir a Brujas ya es como ir al centro de Bruselas. Me reí cuando lo soltó, pero las múltiples visitas desde España que ha recibido esta erasmus han venido siempre con la misma petición: visitar la Venecia del Norte. Son amigos, compañeros universitarios y familiares que se pasean por unos días por el país del European Region Action Scheme for the Mobility of University Students. O sea, por el país Erasmus.

“Me pareció fascinante en todos los sentidos. Me encantó el ambiente de compañerismo, respeto y tolerancia que se respiraba”, celebra Pilar Hormaechea, madrileña de 18 años que visitó a su prima en Bruselas en marzo. Y bromea: “¿Quién sino la gente erasmus se iría de turismo, de museos o de paseitos matutinos con el resacón del siglo?”.

Tal vez sea un tópico refrito, pero muchos reconocen que jamás habían bebido tanto como durante el periodo Erasmus. Y tal vez también sea una idea recalentada, pero su vida social no acaba en predrinks o botellones (así, tal cual, pronunciado con cualquier acento europeo). Me cuenta Pilar vía electrónica que percibió un ritmo de vida “asombroso, envidiable y agotador”.

Vive a 3.000 kilómetros de Paulina Lachowicz, pero comparten opinión. Polaca, 21 años, pasó por la capital belga en noviembre: “Esperaba encontrar mucha vida social, pero no era consciente de que aprovecharan el tiempo de una forma tan intensa”. Tiene la sensación de que, cuando uno es estudiante en el extranjero, se abre, tiene mayor facilidad para hacer amigos y coger confianza con los demás.

L'auberge espagnole, que se llamaba la película. La familia erasmus, dicen. Como en cualquiera, hay lugar para copiosas comidas, fiestas sorpresa, divagaciones con dos copas de más, que ella es experta en tortilla y que él se ocupa de la quiche, parejas y revolcones, picnics al sol, malentendidos y broncas. Una familia comprimida en el espacio, Bruselas, y en el tiempo, diez meses de media. “Un verdadero y envidiable grupo erasmus, una familia provisional, en la que se forman relaciones realmente intensas”, percibió la madrileña.

Le entró el gusanillo, a Pilar, de enrolarse en el Erasmus de aquí a unos años: “Es una oportunidad única en la vida para madurar y para conocer gente, lugares y un poco más a uno mismo”. Dice Paulina, la estudiante varsoviana, que su visita a Bruselas le cambió los planes de futuro. Erasmus a la vista. Se marcha en setiembre a Valencia. 

4 comentarios:

  1. Ojalá fuera Erasmus la gran escuela de la tolerancia, la desaparición de los tópicos y el acercamiento a las otras culturas...

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  2. Before I decided to make an Erasmus in Bruxelles I also have visited my friend in Antwerp,
    I remember the international environment, familiar atmosphere, people from all over the world, differences between them which enrich your knowledge about the other countries, all this things had a great impact on my decision, but it was only a few days, the Erasmus life endure much longer, that's the reason why it's worth experiencing:)

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  3. De acuerdo con esa amiga de Ryan y con Ryan: si toda existencia fuera como un Erasmus- 10 meses, con limitadas posibilidades de huida- el ser humano perdería sus máscaras, viviría con intensidad, bebería también y dejaría vivir y beber. Somos como somos porque nos parece que tenemos mucho tiempo y dejamos para mañana lo que las conveniencias sociales no nos dejan hacer hoy...

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  4. Hola Ryan,

    eso del título "La Venecia del Norte" es realmente curioso. Yo tenía entendido que se asociaba con Sant Petersburgo, pero veo que es un sintagma que se "disputan" varias ciudades del norte de Europa: ésta misma, Estocolmo, Brujas...

    En fin, voy a aprovechar los últimos días, horas, que me quedan en París.

    Cuídate, Ryan;)

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