14 oct. 2011

El tigre que ya no ruge

Dublín (Irlanda), 27/08/11 .- Varios grupos de músicos ambulantes alegran a la multitud que esta tarde transita cargada de bolsas con ropa y otros caprichos por la lujosa Grafton Street de Dublín y por la más asequible Henry Street. Los dublineses parecen hoy haber olvidado sus problemas financieros: es tercer jueves de agosto, cuando muchos aquí cobran el mes. En los corrillos que aplauden a los aspirantes a músicos también hay turistas, centenares, miles de turistas, que confirman el celebrado aumento de visitantes en la ciudad desde principios de año. No obstante, en esa misma lujosa calle, en esa misma Grafton Street, sorprende encontrar un local novísimo y envidiablemente situado, pero vacío y con un cartel: se alquila. 

Pese al furor del sueldo acabado de imprimir y pese a los rebaños de turistas que deambulan por el centro, Irlanda sigue sufriendo los síntomas de un duro frenazo económico, que lo llevó a ser el segundo país rescatado por Europa y que lo lleva a acumular impagos hipotecarios que ascienden a 6.000 millones de euros en una república de tan solo cuatro millones de habitantes. No hay calle en el centro, no hay barrio en Dublín, sin un cartel en busca de compradores o arrendatarios.


“La propuesta de hacer frente desde el estado a los seis mil millones de deudas en hipotecas personales no es una opción realista”, alegaba hace unos días en The Irish Times el ministro de finanzas, Brian Hayes, ante las quejas de ahogo de muchos ciudadanos. El antes proclamado Tigre Celta, que consiguió ser uno de los PIB europeos con mayores crecimientos anuales gracias a una política fuertemente liberalizadora y de impuestos mínimos, ha dejado de rugir y aplica, semana tras semana, sacrificios para contentar las exigencias europeas.

Las propuestas de los últimos días son simbólicas, pero demuestran, según sus ideólogos, la seriedad irlandesa en aplicar los recortes. Primero, reducir de forma tajante el gasto educativo: o bien retrasando hasta los cinco años el ingreso de los menores en el sistema educativo, o bien eliminando las subvenciones que reciben los jóvenes que optan por un año de transición con prácticas y viajes al extranjero antes de entrar en la universidad.  Y segundo, la probable privatización por parte del consistorio dublinés del sistema de recogida de basuras, que cuesta diez millones de euros anuales y que es de gestión pública desde hace 150 años.

Los recortes seguirán, advierte el gobierno. Algunos indicadores muestran que el sistema financiero irlandés, detonante de la recesión económica, permanece enfermo. Los préstamos e hipotecas han caído en el segundo trimestre de 2011 un 54,6 %, según datos de la patronal Irish Banking Federation. En pararelo, a mediados de agosto, Anglo-Irish Bank anunció 350 despidos más y el cierre de sus negocios de préstamo en los mercados estadounidenses y británico, explicaba el diario populista Herald.

En esa misma calle lujosa, la Grafton Street de los consumistas, los turistas y el local en venta, en esa misma calle, gritaban y cantaban grupos de adolescentes un par de días atrás. Era el día de las resoluciones para entrar en la universidad y definir en qué college estudiarán y qué materias cursarán. En esta ocasión las borracheras y los viajes de celebración tenían un nuevo sabor y tacto: el del reciclaje.

O, al menos, así lo analizaba el jefe de la sección de Educación del Irish Times: “La demanda para cursar carreras en el campo de los negocios y del arte, los dos mayores pilares del sistema universitario de los últimos veinte años, está en retroceso. En cambio, las ciencias y la informática, que lucharon para atraer estudiantes durante los años del Tigre Celta, concentran ahora el mayor interés”.


Son, en efecto, la esperanza del país. Las multinacionales tecnológicas, que encontraron en Dublín una sociedad europea con pocas obligaciones fiscales, siguen demandado personal. “Tenemos una urgente necesidad de graduados”, clamaba este verano la directora de comunicación del colegio profesional Engineers Ireland. Se necesitan, por ejemplo, 1.200 nuevos empleados con dominio matemático. Y no es para menos.

Amazon acaba de comprar nuevas instalaciones para asentar su tercer centro de datos en la capital irlandesa; las inversiones recientes de Microsoft en Dublín ya suman 500 millones de dólares; Telecity compró una firma tecnológica en Irlanda por 100 millones más y Google sigue apostando en la ciudad para centralizar su centro de datos de su correo Gmail y otros productos.

Son, en consecuencia, la esperanza del país. El paro escaló en los últimos cinco años de 4 % al actual 14 %. El país fue el estado europeo con más dinero en ayudas comunitarias para recolocar a desempleados en 2010, con 60,6 millones de euros para 9.835 irlandeses. Y la emigración neta se ha cuadruplicado desde 2009, según datos publicados por The New York Times

Como aquella fuga masiva durante la gran hambruna de la patata que envió a centenares de miles de irlandeses a Estados Unidos. Como entonces, el país del tigre celta vuelve a ser el país de los emigrantes. 

20 jun. 2010

Polonia es la excepción

"Hace una hora el avión del gobierno con nuestro presidente ha caído mientras aterrizaba en Smolensk para el aniversario de Katyn. Todo el mundo ha muerto. Tragedia..."
08/04/2010 11:09

Me costó unos minutos asimilar el mensaje de texto que acababa de recibir: parecía una broma macabra. Me contarían desde Varsovia que el desastre significó un terremoto de máxima magnitud para el estado de ánimo del país y un auténtico mazazo que movilizó a la sociedad polaca y devastó sus instituciones. Y me dirían también que, después del luto de rigor, se pondrían a trabajar de nuevo. En silencio y para no perder todo lo conseguido.

Lo conseguido. Polonia ha logrado en sólo veinte años librarse de las cadenas del comunismo y escalar hasta llegar al club de las diez economías más fuertes de Europa y de las veinte del mundo. Y no sólo eso. El país ha sido capaz de ganarle el pulso a la recesión económica global.

Cada trimestre, la cúpula económica del Gobierno reúne a la prensa en la Bolsa, una institución situada en la parte nueva de Varsovia, para proyectar el mapa de Europa. Un mapa rojo, muy rojo, con una sola excepción de color verde: Polonia, que en 2009 zarandeó las previsiones del FMI y vio subir su PIB en 1,7%.

En un país donde la izquierda malvive llena de estigmas del periodo soviético, el gobierno liberal de Donald Tusk recibe sin parar elogios a su gestión económica. Se basa en un espíritu más cerrado que sus vecinos del Este, menos dependiente de las exportaciones y mucho más diversificada. "Polonia ha sido uno de los países más pobres de la UE, pese a su crecimiento constante desde hace años. Este efecto atrapaje aliado a su tamaño es una de las explicaciones de su tendencia actual", declaraba antes del accidente a Le Monde Rafal Kierzenkowski, que es polaco y economicista de la OCDE.

El milagro polaco también tiene fundamentos metálicos: el sloty. A la espera del aterrizaje del euro, la moneda polaca ha resistido a las réplicas de la crisis, sobre todo por una controlada política de depreciación. También han contribuido los fondos europeos recibidos desde su entrada a la Unión en 2004.

Se le suman dos retos a la vista: la presidencia de la UE en el segundo semestre de 2011 y la Eurocopa, junto a Ucrania en 2012, que ha impulsado la renovación de uno de los puntos débiles del país, las infraestructuras.

Trayectos eternos en tren y carreteras de segunda. Al llegar al aeropuerto Chopin de Varsovia, hijo pródigo del país, el visitante entra en una terminal gris y decadente, pero de golpe llega a un edificio reluciente y moderno. Es la lucha de un país que exige avanzar. Un país con una nueva generación que lidera las encuestas de sentimiento europeo y que se enfrenta a diario a los dilemas surgidos por su pasado y también por su presente eminentemente católico. Se le añade una grave crisis de fecundidad, que ha caído hasta los 1,3 hijos por mujer, y los casi dos millones de emigrantes que generó el país al entrar en la Unión, principalmente hacia los países escandinavos y las Islas Británicas.

Hoy, el país de la izquierda residual, busca jefe de estado entre la derecha abierta y la derecha cerrada. El palacio presidencial, en el elegante casco antiguo de Varsovia, espera inquilino. Una ciudad, Varsovia, observada por el Palacio de la Ciencia y la Cultura, símbolo del comunismo y el estalinismo, pero a quien le rodean futuros rascacielos de negocios aún en construcción. Por ejemplo, el centro comercial Zlote Tarasy, novísmo, con 250 tiendas y abierto siete días sobre siete. Parece que Polonia quiere hacer sombra al comunismo con el capitalismo. Hoy volverá a hablar. 

18 jun. 2010

Nuestra


El paisaje belga se ha desvanecido a alta velocidad, entre recuerdos que me ametrallan, sentimientos que me encogen y lágrimas que se asoman a los ojos. Y escribo sin saber qué escribir: tanto vivido, hablado, sentido también, y reído, y viajado, y cenado. Ni gastaré bytes −que no tinta− para perfilar el erasmus, ni ingeniaré metáforas para darlo a entender. Porque ha sido nuestra, es y lo será. Porque nadie más volverá a vivir en nuestra Bruselas. Nadie invadirá la octava, nadie acampará en kaf-kaf, ni convertirá la Cinematek en un circo improvisado, nadie filosofará en el Atelier, tampoco se cebará en Gofard 82, ni se declarará la guerra helada, ni cantará en un subterráneo feliz cumpleaños versionado por alguna Carrá francófona. Nadie lo hará como nosotros.

Ni el muro de Berlín volverá a caer a los veinte años, ni las solteronas españolas desearan cautivas nuestras piernotas en pleno invierno escocés. Vodka a trago seco, Love actually casero. Dúo de sex bomb. Uvas a menos dos. Tango a las diez, y jota a las doce. Y súbete al 25, y me bajo del 81, y cuélate en el 95, y duerme en el 71. Nuestra Bruselas, nuestro año. Ni jamás volverás a dejarte un pulmón para subirte al tren holandés ni te volverás a despertar al son de mi despertador polaco. Tú haz el check-in; al scout, pídele cruasanes; y yo, yo prometo no gritar de madrugada.

Qué va a ser de tu aspersor de alegría sinfín, para cuándo más buenos días rotundos vía móvil, quién me monologueará como tú, para cuándo te alistas al ejército. Tal vez no podré aprender del arte número siete sin vosotros dos, quizás ya no volveré a la biblioteca atraído por tu sonrisa. Me pregunto quién maldecirá a los belgas como tú con el cigarro en la boca o quién mirará el mundo con tu armonía navarra. Y quién me saludará con legañas y pijama rosa, quién me sorprenderá con un pollo a la piña, quién me llamará Caudillo. Qué va a ser de tus elogios al espresso y de las cumbres lingüísticas en la cocina. El tren avanza, las preguntas crecen. Y oigo alguna cosa. Mi radar se activa:

− Oye, mmm... ¡Qué maravilla! El pibe se ha puesto a recordar... pese a ser un random.
− Hey! Desafortunadamente... no será la última vez que os recordará. Putain de Belgique!

Y cuentan algo del cemento, y de la suite 88, y de las muffins prohibidas. Vuelve el sinsentido con sentido. Y os digo gracias por darle sentido y os suelto, como quien no quiere la cosa, un à tantôt!

26 may. 2010

Infiltrados en el albergue Erasmus

Para ella ir a Brujas ya es como ir al centro de Bruselas. Me reí cuando lo soltó, pero las múltiples visitas desde España que ha recibido esta erasmus han venido siempre con la misma petición: visitar la Venecia del Norte. Son amigos, compañeros universitarios y familiares que se pasean por unos días por el país del European Region Action Scheme for the Mobility of University Students. O sea, por el país Erasmus.

“Me pareció fascinante en todos los sentidos. Me encantó el ambiente de compañerismo, respeto y tolerancia que se respiraba”, celebra Pilar Hormaechea, madrileña de 18 años que visitó a su prima en Bruselas en marzo. Y bromea: “¿Quién sino la gente erasmus se iría de turismo, de museos o de paseitos matutinos con el resacón del siglo?”.

Tal vez sea un tópico refrito, pero muchos reconocen que jamás habían bebido tanto como durante el periodo Erasmus. Y tal vez también sea una idea recalentada, pero su vida social no acaba en predrinks o botellones (así, tal cual, pronunciado con cualquier acento europeo). Me cuenta Pilar vía electrónica que percibió un ritmo de vida “asombroso, envidiable y agotador”.

Vive a 3.000 kilómetros de Paulina Lachowicz, pero comparten opinión. Polaca, 21 años, pasó por la capital belga en noviembre: “Esperaba encontrar mucha vida social, pero no era consciente de que aprovecharan el tiempo de una forma tan intensa”. Tiene la sensación de que, cuando uno es estudiante en el extranjero, se abre, tiene mayor facilidad para hacer amigos y coger confianza con los demás.

L'auberge espagnole, que se llamaba la película. La familia erasmus, dicen. Como en cualquiera, hay lugar para copiosas comidas, fiestas sorpresa, divagaciones con dos copas de más, que ella es experta en tortilla y que él se ocupa de la quiche, parejas y revolcones, picnics al sol, malentendidos y broncas. Una familia comprimida en el espacio, Bruselas, y en el tiempo, diez meses de media. “Un verdadero y envidiable grupo erasmus, una familia provisional, en la que se forman relaciones realmente intensas”, percibió la madrileña.

Le entró el gusanillo, a Pilar, de enrolarse en el Erasmus de aquí a unos años: “Es una oportunidad única en la vida para madurar y para conocer gente, lugares y un poco más a uno mismo”. Dice Paulina, la estudiante varsoviana, que su visita a Bruselas le cambió los planes de futuro. Erasmus a la vista. Se marcha en setiembre a Valencia. 

19 may. 2010

El café liégeois se queda sin nata

Y el viajero se sumerge en una enorme ola, que lo engulle y lo protege a la vez, en una inmensidad blanca que lo recibe o lo despide. Inaugurada en setiembre de 2009, la nueva estación de trenes de Lieja es una obra arquitectónica puntera, aunque solo sea por la fama de su creador, el valenciano Santiago Calatrava. Ofrece nueve vías y cinco plataformas; acoge la alta velocidad hacia Bruselas, París, Colonia y Fráncfort, y acabó costando 310 millones de euros, según datos del diario Le Soir.

Un gasto colosal, sobre todo conociendo el purgatorio por el que pasa la economía liégeoise. Lieja, en el este de Bélgica, es la capital económica de la región valona y la cuarta ciudad del país, con 195.000 habitantes. En los últimos lustros ha sufrido un duro retroceso demográfico, después de haber alcanzado cifras superiores a los 230.000 habitantes, y ha padecido un visible revés económico. Mientras Lieja cierra cada año más negocios que los que inaugura, la tasa de natalidad empresarial belga es positiva: un 0'2%, según FEDER.

De hecho, el Fondo Europeo de Desarrollo Regional advertía en un informe reciente: “La provincia de Lieja ha vivido una fuerte regresión de su índice de productividad entre 1995-2004 por una insuficiente inversión en la diversificación de sectores de alto valor añadido”. La zona vivió en los setenta su apogeo económico y social, llamémoslo café liégeois, esa bebida calórica a base de cafeína, helado y nata.

Su bola de helado era una situación geográfica estratégica y su nata, la explotación de minas y una potente industria metalúrgica, como me confirma vía electrónica Christine Exsteen, documentalista del Musée de la Vie Wallone. Y Lieja se ha ido quedando sin nata.

Es sábado, el centro peatonal de la ciudad se mueve empujado por una densa red de pequeñas tiendas y la zona de bares llamada Le Carré. Aunque, detrás del ajetreo, se esconde una tasa de actividad inferior a la media estatal, un desempleo a largo plazo preocupante y la imposibilidad para la mayoría de habitantes de probar suerte en las zonas potentes, Flandes y Bruselas. Los valones sólo chapurrean el flamenco o, sencillamente, lo desconocen.

Es Lieja, la capital económica valona, el vivo ejemplo de la región. La Valonia posee el estigma de tener un PIB muy inferior al resto del país y una economía demasiado corta de miras, pues el 90% de las empresas reúne menos de veinte trabajadores. Y es que la herida interna de Bélgica no se queda en un rasguño lingüístico.


18 may. 2010

Namur se hizo payasa

Tan solo con vernos, su cara enrojeció y sus manos perdieron absolutamente el control del diábolo. Aunque, al final, el jovenzuelo imberbe y sus dos amigos se relajaron y disfrutaron como niños ­–de hecho, lo eran– de los aplausos del público, un aforo de cuatro visitantes medio perdidos. 

Estamos en Namur, ciudad belga con fama de aburrida y provinciana, en su fin de semana glorioso: Namur en mai, un festival de teatro callejero, payasos, música improvisada y circo y marionetas y actuaciones burlescas y danza y hasta proyecciones en 3D. En total, cuatro días de puente de la Ascensión, 600 representaciones, cinco escenarios diferentes y unas ochenta compañías, según datos de la organización. "Es un mundo imaginado como el que querríamos para nuestros hijos", declaraban hace unos días los padres del evento, Jéan-Felix y Nathalie Tirtiaux.

“¡Y votad a este grupo, que son mis amigos!”, nos suplicó al irnos el niño del diabolo algo diabolizado. La verdad es que Namur, capital de la Valonia, no es más que una ciudad de provincias que ronda los 110.000 habitantes, el doble si se contabilizan también sus alrededores. Pero, pese a la apariencia, esta ciudad belga ostenta la capital política del sur del país.

Es la Valonia, tiene tres millones y medio de habitantes y es la región por excelencia de la comunidad francófona, aunque también acoge el reducto de habla germana del país, que supera por poco los 70.000 habitantes. Lleva bajo el brazo la Valonia, antigua zona próspera del país, un currículum poco esperanzador, con un PIB mucho menor que Flandes y con una tasa de paro mucho más alarmante. 
Es en un lugar simbólico de Namur, en la unión de los ríos la Meuse y la Sambre, donde se encuentran las sedes del Parlamento valón y del Gobierno. Un edificio, éste último, que, pese a la cabezonería de los belgas francófonos por diferenciarse de los franceses, se llama L'Élisette, lo que vendría a ser un Eliseo pequeño. Pero no se enfadan, o eso parece. Namur recibe al visitante con poco estrés, con un núcleo urbano repleto de pequeñas tiendas y con algunos atractivos como la Opéra Royale o la Place d'Armes

Una única recomendación me hizo mi compañera de piso, que es namuroise. “Visita la Ciudadela”, una fortificación imponente, que divulga el pasado medieval de la ciudad y regala unas hermosas vistas de la zona. Hoy, desde la tranquilidad y la verdura de La Citadelle, llega el sonido amortizado de un espectáculo circense. Es Namur, es mayo.

13 may. 2010

Examen anulado. Razón: elecciones

Hacía yo cola para tomarme un café cuando vi un cartel que destacaba entre los varios metros cuadrados de papel que decoran mi universidad belga, que es de carácter profundamente cartelista. El cartel en cuestión me atrajo por dos razones: una, porque hablaba de las elecciones y dos y  sobre todo, por su aspecto rudimentario, que no pasaba del uso de la Times New Roman, la negrita y el subrayado. Y me puse a leerlo. Un individuo o varios individuos sin firma se quejaban del egoísmo de los políticos del país: han convocado elecciones en pleno periodo de exámenes, el domingo 13 de junio.

Inesperada, lo es, la cita electoral. El gobierno de coalición era un contorsionista innato al reunir múltiples partidos tanto flamencos como valones y cayó hace algo más de uno mes. El viento que lo llevó a la caída libre se llama BHV (Bruselas-Hal-Vilvorde). Es una circunscripción electoral situada, en parte, en territorio flamenco pero que, por incluir poblaciones de la Región de Bruselas Capital, tiene una destacada comunidad francófona, que puede votar a partidos también francófonos y dirigirse a las autoridades en su lengua natal. Es decir, que esta zona con menos de 200.000 habitantes tiene una importante población francófona que, de hecho, está viviendo en un territorio monolingüe flamenco.

Al no encontrar solución al estatus del BHV, un partido flamenco se despidió de la coalición de gobierno, y el primer ministro Leterme dimitió, y el Rey aceptó, y no encontraron curación al virus del Ejecutivo, y las elecciones se avanzaron al 13 de junio. Y eso no gustaba al anónimo del cartel. Culpaba a la clase política de incompetente y se quejaba porque la cita electoral entorpece la preparación de los exámenes, especialmente si a uno le toca mesa electoral.

Algunas asociaciones de estudiantes también se han lamentado. Hablan en nombre de “los que representan el futuro del país” y alegan la delicadeza de su misión: “manifestarse sobre cuestiones cruciales” en un país donde el voto es obligatorio. El runrún estudiantil ha saltado ahora a los medios y el ministro de Enseñanzas Superiores ha hablado.

Jean-Claude Marcourt, que así se llama el ministro, enviará una circular a las universidades y les recomendará que no convoquen exámenes para el día de resaca electoral, el lunes 14 de junio. “Son los centros quienes determinan las fechas de examen, pues corresponde a sus funciones”, matizó el ministro Marcourt a Belga, la agencia de noticias líder del país.


Por el momento, otros estudiantes con cara y nombre recogen las 100.000 firmas que necesita un partido para presentarse a los comicios. Las buscan de forma insistente, salvo si se pronuncias la clave secreta: “Nous n'avons pas la nationalité belge. Desolé.

11 may. 2010

Europa se viste de Mickey


Música cargada de decibelios, niños luciendo caras recién pintadas y bolsas llenas de regalos. Tarde de sábado, 8 de mayo. Esa es la postal de la zona más formal, escrupulosa y aburrida de Bruselas. Hoy es día de excepciones, hoy hablo del Barrio Europeo. Aclaro: hoy es día de excepciones, no porque yo hable de él, sino porque él late como nunca. Vuelvo a aclarar: Él es el distrito bruselense que acoge el Parlamento Europeo, la Comisión Europea, el Consejo de la Unión Europea, el Comité de las Regiones y los lobbies.

Es el fin de semana de Europa. Y a lo parque de atracciones de la Disney, Bruselas bailotea para conmemorar la declaración de Robert Shuman. Las instituciones han abierto por un día sus puertas a los ciudadanos, que crean largas colas para entrar y para franquear los lentos controles de seguridad. No obstante, en el hiper-video-vigilado Parlamento Europeo, conseguimos entrar con un arma blanca: unas tijeras metálicas, que sí que nos habían requisado un par de horas antes en el Consejo.

La ecuación combina tres variables: ocio, regalos y atracciones. Ocio,  como un concurso de opción múltiple con bancos biodegradables para los participantes, muros blancos para escribir frases presuntamente concienzudas o un taller para decorar bolsos de tela. También un test inicial dando la bienvenida al Consejo de la Unión Europea, con preguntas como cuántas formaciones ministeriales forman la institución, por qué el edificio se llama Justus Lipsius o qué funciones representa la criticada Catherine Ashton

Regalos, segunda variable: pósters, libros, cedés, manzanas ecológicas, pósters, lápices de colores, puzzles, bolsos, paraguas, pósters, gorras, camisetas, productos folclóricos, libretas... Y tercero: las atracciones, por ejemplo, la entrada VIP del Consejo, las salas de reuniones del Comité de Regiones, el pleno del Parlamento, las cabinas para los traductores de la Comisión... Pero también la atracción algo más humana que encarnaba el presidente Van Rompuy con quien unos amigos italianos se fotografiaron o la reproducción de cartón del presidente del Parlamento, Buzek.

Dicen los políticos que la Fiesta de Europa un día de hermandad entre las instituciones y la sociedad. “Es una oportunidad fantástica para comunicarse con los ciudadanos”, declaraba al canal institucional de la UE la eurodiputada del Grupo Popular Rodi Kratsa-Tsagaropoulou. Y añadía el verde Philippe Lamberts: “El día permite conocer quién trabaja en el Parlamento, quiénes son los eurodiputados y sus asistentes”.

La verdad es que los eurogrupos disponían de grandes estantes, pero con muchos regalos y pocas ideas. Y a las seis de la tarde, hora del cierre, partían los últimos visitantes llenos de bolsas untadas de regalos y corría un grupo de jóvenes en busca de los últimos regalos. Estaba tan cansado que no los paré para preguntarles si ya tenían todo claro sobre los diputados, sus asistentes, las instituciones europeas, sus funciones y sus sedes. No pude. Sólo pensaba en llegar a casa y deshacerme de las cuatro bolsas que llevaba encima. El marketing pesa lo suyo, claro está.

5 may. 2010

Cuando TD no significa Telediario

Bienvenidos al té danzante. Por favor, hagan correr su imaginación. Quizás vean burgueses refinados que bailan suavemente con una taza de té selecto en la mano. Tal vez, vestimentas propias de dos siglos atrás. O, incluso, desfile por la sala algún collar suntuoso. Gracias. Ya pueden parar su imaginación, porque en Bélgica, la gran tradición del thé dansant se traduce en suciedad, desfase y mucha cerveza.

Destinados a los estudiantes, los TD son una pieza clave para la plena integración en la vida universitaria bruselense. Se celebran en medio del campus de La Plaine, en la sala Jefke, rodeada de jardines, aularios y otros edificios propios de las rutinas académicas. Una deteriorada sala de hormigón, música comercial y cerveza a un euro son los ingredientes de base.

Y ropa vieja, muy vieja, y desgastada, y cutre. Lo que sea con tal de poder sonreír cuando uno se empapa de cerveza venida de cualquier punto de la sala. La tradición manda que, cuando al vaso le quede un par de dedos de cerveza, se lance al aire. Lluvia pringosa asegurada. Cebada en la atmósfera. Otra tradición manda que, quien se haga con cuarenta vasos vacíos, recibirá una consumición gratuita.

Alguno cae en tan degradante prueba, nos aseguran. También me cuentan que los camareros, del gremio estudiantil, son los primeros en emborracharse: “Cada diez minutos gritamos: 'A fond, bar!". Y  se tragan al son de la cantinela cerveza tras cerveza.
El precio de la entrada es de cuatro euros, algo menos si se llega antes de las once de la noche. Sólo los miembros de los círculos tienen libre entrada. Exactamente. Son los círculos de estudiantes, de gran implantación en las universidades belgas, los organizadores de los TD. Sólo Bruselas suma unos cuarenta círculos, cuyo calendario llega al apogeo en la época en que los novatos se bautizan.

Las fiestas de la suciedad y la cerveza se celebran entre semana, de lunes a jueves, antes de que los belgas huyan maleta en mano a sus respectivos pueblos de provincia. A finales de abril, cuando aproveché para manchar algo de ropa vieja, se celebraron los últimos TD, llamados Bunker en otras ciudades del país. Fin de la temporada: llega el blocus, cuando las noches sustituyen la cerveza por el café bien cargado.

23 abr. 2010

La tos de Ryan

El corrillo habitual de estudiantes erasmus se convierte hoy en una tertulia de afectados por la nube volcánica que se ha reído de la globalización. La más tardona interrumpe la escena: “¿Eh, habéis visto esto?”. El cartel era claro: “A causa de las perturbaciones y el bloqueo de los aeropuertos, la profesora se ausentará y no podrá dar la clase este miércoles 21 de abril. Excúsenla”.

No es la única clase anulada en la Université Libre de Bruxelles (ULB). Las vacaciones de primavera en Bélgica eran del 3 al 18 de abril y el caos aéreo ha afectado de lleno a muchos estudiantes y profesores viajeros pero, sobre todo, al colectivo Erasmus.  Algunos habían aprovechado estos días para volver a casa y la mayoría rondaba por la Europa del bajo coste. Es, con pruebas empíricas, uno de los rasgos distintivos de la especie Erasmus: viajar compulsivamente por la Europa de Ryan.

Las secuelas de la nube volcánica en la especie erasmus bruselense pueden contabilizarse. Después de varios días atrapados, los trenes y autobuses han sido la única solución: 36 horas desde Letonia; 22, desde Croacia, y 10 viniendo de la vecina Londres. Otros se las han arreglado para volver desde Budapest, para hacer el trayecto que une Grecia y Bruselas en dos días o para huir de Göteborg (Suecia) gracias a cinco trayectos en tren y un par en autobús.

Algunos profesores han aceptado aplazar la entrega de trabajos bajo el argumento volcánico y la asociación de erasmus Express enviaba un comunicado titulado “Importante: Gala Express y la interrupción aérea”, sobre cómo afectaba el caos a uno de los eventos más esperados del curso.

Consecuencias, al fin y al cabo, de las cenizas islandesas, que a Ryan le han afectado con una tos que tardará algún tiempo en desaparecer. La compañía con sede en Irlanda ha sido la última en reanudar sus vuelos. “Tenemos equipos de gente enviando la mayor información posible a todos los pasajeros para permitirles cambiar sus planes de viaje”, decía el consejero delegado de Ryanair, Michael O’Leary. Muchos buzones todavía esperan el mensaje.

18 abr. 2010

A vivir, que es un día



Hoy estreno ciudad erasmus. O mejor dicho: Bruselas parece otra cuando sale el sol. Tiene otra vida, otro ritmo, otro sonido. Como tantos belgas, mi compañera de piso lo reconoce: “Es verdad, cambiamos nuestra rutina”. Y sigue preparándose el picnic para ir a comer al aire libre.

No sé muy bien de dónde sale tanta gente, pero los habitantes de Bruselas monopolizan las terrazas de los bares, ocupan plazas, huyen a los grandes parques y se quitan de golpe dos capas de ropa.

Se oye un concierto de cláxones. ¿En domingo por la tarde? Sí, en una radiante tarde dominical. No se quejan: aplauden. Una decena de acróbatas ofrecen su espectáculo a los conductores parados en los semáforos de un concurrido cruce. Trabajan con soltura y rapidez. Me dicen que son jóvenes viajeros que se ganan unos euros para ir de ciudad en ciudad. “La mayoría somos circenses”, comenta uno de ellos con acento argentino.

Y me adentro en Bois de la Cambre, el mayor parque de la ciudad con 123 hectáreas, creado en 1862 y algo mayor que el Retiro de Madrid. Hockey, fútbol, gritos infantiles y parejas con el chip romántico activado. Una familia se autosomete a una sesión fotográfica, y un jinete aparece entre la arboleda, y un niño me acompaña hasta al lago central.

“Los meteorólogos se suelen equivocar. Aprovechamos al máximo el sol, porque no sabemos si al día siguiente lucirá”, comentan en Bruselas. Una ciudad con vocación de cielo gris y una temperatura anual media de 10 grados. Su típica lluvia fina lleva a la ciudad a promediar entre 800 y 1000 mm de agua caída por año, y la condena a no superar las 1.504 horas de sol anuales. En otras palabras: de media, Bruselas tendría cuatro horas de sol al día.

Hoy, rodeado de luz y vida, la estadísticas climatológicas no me asustan. Estoy contento y bien acompañado en el parque. Dicen que un foráneo se ha integrado en Bruselas cuando consigue que el sol le trastorne el ánimo y le altere la rutina. Como diría el refranero belga: “¡A vivir, que es un día!”.

17 abr. 2010

Robos, crimen e inseguridad


Es mujer, estudiante, belga y tiene 21 años. Es la primera vez que vive en una gran ciudad y lejos del techo familiar. Y teme salir a pasear o a tomar algo de noche por Bruselas. Allí fuera intuye robos, crimen e inseguridad. La suya, de hecho, es una percepción presente en una buena parte de los belgas de provincias.

Bruselas, ciudad dinámica y cosmopolita, contrasta con la verdadera Bélgica, un país de pueblos y comunas, de tradición agrícola y minera, y con una cierta pereza a explorar la diversidad de tan minúsculo país. Hace poco que, a la chica de provincias, le robaron el móvil en la universidad. Se llevó un buen susto.

La prensa amarilla no es de gran ayuda, según los autóctonos. “Bruselas, ciudad del crimen”. Así titulaba este martes el sensacionalista la Dernière Heure, después de dos robos en joyerías, uno de ellos mortal. Pero las cifras de la última década demuestran que, por lo general, no han aumentado las infracciones contra la integridad física. En otras palabras: intimidaciones, heridos, violaciones, homicidios y asesinatos.

En concreto, desde 2000 y según dados de la Policía Federal, han aumentado un 13%, un crecimiento proporcional a la población total. Eso sí, puntualización: La Libre Belgique, diario poco especializado en crear terror social, explica que la Policia Federal reconoce un “aumento sensible” de robos a mano armada.

Ahora que lo dicen, sé de una estudiante que fue atracada a punta de pistola hace unas semanas. En Flagey, la misma plaza desde donde estoy escribiendo estas líneas. Que no cunda el pánico, me digo. Lo que leo, lo que me dicen, lo que se rumorea, es una realidad. No la realidad.

15 abr. 2010

Bruselas, ciudad lavandería

La mujer lloraba un poco al recordar el suicidio de su hijo. Esta es la primera imagen que tengo de una lavandería automática en Bruselas. La mujer sola y sin familia compartía sus penas con una vecina desconocida. Fue entrar y sentirme como en una lavandería sacada de una película de Isabel Coixet. Pensé en cuántas historias escucharía semanalmente y en cuántos vecinos conocería.

Pero el romanticismo se acabó rápido. La máquina se tragó mis cinco euros, y tuve que llamar al servicio técnico, y la velada se alargó más de lo esperado. Y, de hecho, nunca más he escuchado historias emotivas al lavar la ropa ni he conocido a ningún vecino.

Bruselas es una ciudad lavandería. Según el directorio de Pages d'Or, la capital belga tiene 220 salon lavoir para su millón largo de habitantes. En Valencia, en cambio, con 814.000 habitantes, Páginas Amarillas sólo registra dos lavanderías automáticas. En el resto de Bélgica, aparecen 159 en la parte francófona y 260 en Flandes.

“Aquí vienen los estudiantes”, nos dice una jubilada del barrio de Ixelles, la zona universitaria por excelencia. Hoy usa el sistema automático de planchado acompañada de su marido, pero es una excepción. Dice que ella y toda la gente de su alrededor tienen los equipamientos en casa.

Universitarios, inmigrantes, gente mayor. Es una de las razones que explican el fenómeno lavandería. Primero, porque la mayoría de edificios para estudiantes, los llamados kot, no disponen de lavadora. Y segundo, porque Bruselas es una de las ciudades más jóvenes de Europa con una media de edad que ronda los 38 años.

Magalie, de unos 30, lo tiene claro: “Cuando haya ahorrado un poco, me compraré una lavadora y dejaré de venir, porque es largo y caro”. Lavar y secar puede escalar hasta los cinco euros por sesión. “Los amigos que se lo han podido permitir ya no pisan la lavandería”.

El mítico clima húmedo del país también contribuye. La zona de secadoras es la más concurrida y, en efecto, muchos clientes lavan su ropa en casa y sólo vienen a secarla. “En verano me permito el lujo de secar la ropa en casa”, añade Magalie. Y lo repite: espera el día en que la lavandería dejará de absorberle un par de horas de su fin de semana.

1 abr. 2010

Europa en ojos de sietemesino


- Do you speak arab?

- Sorry?
- Arab, do you speak arab?
- Mmm... No, sorry.

Y el hombre entrajado y cincuentón se marchó. Me quedé sorprendido por la pregunta y sonriendo a solas en la adictiva cafetería universitaria, regentada por italianos. De repente me di cuenta: estoy condenado. Mi tez morena y mi pelo (digamos) algo inconformista me condenan a no ser uno más. Pasó hace un par de días.

Nunca seré belga, pese a que la diversidad es marca de la casa en Bruselas. La capital belga puede recurrir a la eufemística etiqueta de “mestiza”, pero aquí no sólo por la inmigración venida del Sur. Bruselas es el segundo centro diplomático del mundo después de Nueva York y las instituciones internacionales generan el 13% de los puestos de trabajo de la región.

Ese mismo día, llegó a la ciudad Laura, una amiga de una amiga barcelonesa. Su razón: tres meses de prácticas en un hotel de lujo. No me conocía absolutamente de nada, ni conocía absolutamente nada de la ciudad. Y, a modo Españoles por el mundo, me vi mostrándole el rostro de un rey español en la Grand Place o descubriéndole el cappuccino del cálido Le roi des Belges.

Me sentí como en casa. Contradicciones de la vida erasmus, supongo, de la que hoy estreno mi séptimo mes. Por eso, este sietemesino inaugura blog. Porque me apetece escribir sobre la vida en Bruselas, sobre los síntomas de la belguizofrenia y sobre el fenómeno del check-in online.

Me siento en una nueva Europa, la de las personas. Una Europa con estes y oestes, con redes sociales, poblada de seres llamados erasmus y sobrevolada por aparatos propiedad de un tal Ryan.

Bienvenidos. Esto es la Europa de Ryan.