Tan solo con vernos, su cara enrojeció y sus manos perdieron absolutamente el control del diábolo. Aunque, al final, el jovenzuelo imberbe y sus dos amigos se relajaron y disfrutaron como niños –de hecho, lo eran– de los aplausos del público, un aforo de cuatro visitantes medio perdidos.
Estamos en Namur, ciudad belga con fama de aburrida y provinciana, en su fin de semana glorioso: Namur en mai, un festival de teatro callejero, payasos, música improvisada y circo y marionetas y actuaciones burlescas y danza y hasta proyecciones en 3D. En total, cuatro días de puente de la Ascensión, 600 representaciones, cinco escenarios diferentes y unas ochenta compañías, según datos de la organización. "Es un mundo imaginado como el que querríamos para nuestros hijos", declaraban hace unos días los padres del evento, Jéan-Felix y Nathalie Tirtiaux.
“¡Y votad a este grupo, que son mis amigos!”, nos suplicó al irnos el niño del diabolo algo diabolizado. La verdad es que Namur, capital de la Valonia, no es más que una ciudad de provincias que ronda los 110.000 habitantes, el doble si se contabilizan también sus alrededores. Pero, pese a la apariencia, esta ciudad belga ostenta la capital política del sur del país.
Es la Valonia, tiene tres millones y medio de habitantes y es la región por excelencia de la comunidad francófona, aunque también acoge el reducto de habla germana del país, que supera por poco los 70.000 habitantes. Lleva bajo el brazo la Valonia, antigua zona próspera del país, un currículum poco esperanzador, con un PIB mucho menor que Flandes y con una tasa de paro mucho más alarmante.
Es en un lugar simbólico de Namur, en la unión de los ríos la Meuse y la Sambre, donde se encuentran las sedes del Parlamento valón y del Gobierno. Un edificio, éste último, que, pese a la cabezonería de los belgas francófonos por diferenciarse de los franceses, se llama L'Élisette, lo que vendría a ser un Eliseo pequeño. Pero no se enfadan, o eso parece. Namur recibe al visitante con poco estrés, con un núcleo urbano repleto de pequeñas tiendas y con algunos atractivos como la Opéra Royale o la Place d'Armes.
Una única recomendación me hizo mi compañera de piso, que es namuroise. “Visita la Ciudadela”, una fortificación imponente, que divulga el pasado medieval de la ciudad y regala unas hermosas vistas de la zona. Hoy, desde la tranquilidad y la verdura de La Citadelle, llega el sonido amortizado de un espectáculo circense. Es Namur, es mayo.