Es mujer, estudiante, belga y tiene 21 años. Es la primera vez que vive en una gran ciudad y lejos del techo familiar. Y teme salir a pasear o a tomar algo de noche por Bruselas. Allí fuera intuye robos, crimen e inseguridad. La suya, de hecho, es una percepción presente en una buena parte de los belgas de provincias.
Bruselas, ciudad dinámica y cosmopolita, contrasta con la verdadera Bélgica, un país de pueblos y comunas, de tradición agrícola y minera, y con una cierta pereza a explorar la diversidad de tan minúsculo país. Hace poco que, a la chica de provincias, le robaron el móvil en la universidad. Se llevó un buen susto.
La prensa amarilla no es de gran ayuda, según los autóctonos. “Bruselas, ciudad del crimen”. Así titulaba este martes el sensacionalista la Dernière Heure, después de dos robos en joyerías, uno de ellos mortal. Pero las cifras de la última década demuestran que, por lo general, no han aumentado las infracciones contra la integridad física. En otras palabras: intimidaciones, heridos, violaciones, homicidios y asesinatos.
En concreto, desde 2000 y según dados de la Policía Federal, han aumentado un 13%, un crecimiento proporcional a la población total. Eso sí, puntualización: La Libre Belgique, diario poco especializado en crear terror social, explica que la Policia Federal reconoce un “aumento sensible” de robos a mano armada.
Ahora que lo dicen, sé de una estudiante que fue atracada a punta de pistola hace unas semanas. En Flagey, la misma plaza desde donde estoy escribiendo estas líneas. Que no cunda el pánico, me digo. Lo que leo, lo que me dicen, lo que se rumorea, es una realidad. No la realidad.